BIENVENIDO A

mapa historia el pueblo siglo xx fiestas reinas fiestas fuentes excursiones semana santa humor cocina diccionario noticias natural leyendas fondos enlaces

LEYENDAS Y COSTUMBRES

I. CANTAR DE MÍO CID

En contra de lo que algunos suelen afirmar, no hay constancia  de que El Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, estuviese en Bronchales. En sus frecuentes viajes y gestas hizo amigos en Molina y en Albarracín, y para ir de un lugar a otro, Bronchales era lugar idóneo para buscar albergue, reponer fuerzas y continuar el camino al día siguiente.

El Cantar de Mío Cid -que a algunos les "suena" de oídas y seguramente no se han parado a leerlo  con detenimiento-, en el Cantar Segundo: Bodas de las hijas del Cid, verso 1475, dice que "Trocieron a Santa María /e vinieron  albergar a Fronchales /e el otro día vinieron/ a Molina posar". Estos versos no se refieren al Cid y sus tropas. Veamos con detalle la situación.

Valencia acaba de ser conquistada por el Cid. Minaya Álvar Fáñez es enviado por Rodrigo a Cardeña por su mujer, Jimena, y sus hijas. Desde allí envía al Cid tres mensajeros para comunicarle que el rey ha dado libertad a su mujer y a sus hijas y que dentro de unos quince días estarán a su lado. Mientras, Álvar Fáñez prepara el cortejo en Cardeña. Cuando emprenden viaje hacia Valencia, en cinco días llegan a Medinaceli.

Cuando los caballeros enviados por Álvar Fáñez llegan ante el Cid, éste da muestras de gran alegría, y dijo: "Quien de buen mandadero se vale, buen mandado espere. Tú, Muño Gustioz, y tú también, Pedro Bermúdez, y el leal burgalés Martín Antolínez, y el obispo don Jerónimo, sacerdote preclaro, cabalgad todos al punto con cien hombres armados por si ofreciere combate. Pasaréis por Albarracín hasta Molina, que está algo más adelante, y de la que es señor Abengalbón, amigo mío, con quien estoy en paz;  él accederá a acompañaros con otros cien caballeros. Y de allí os entraréis por Medinaceli lo más que sea posible; donde, según mis noticias, habéis de encontraros con mi mujer y mis hijas y Minaya Álvar Fáñez. Traédmelas acá con grandes honras. Yo esperaré en Valencia, que harto me ha costado ganarla, y desampararla ahora fuera locura; aquí esperaré yo en esta Valencia, mi heredad.

Dicho esto, todos emprendieron la marcha y cabalgan sin detenerse más de lo indispensable. Pasaron Santa María (Albarracín) y fueron a descansar a Bronchales; y al otro día rindieron la jornada en Molina. Cuando el moro Abengalbón supo a lo que iban, salió a recibirlos muy alegre".

Resumiendo: quien llega a Bronchales no es el Cid sino Muño Gustioz, Pedro Bermúdez, Martín Antolínez, el obispo Jerónimo y cien hombres armados, mientras el Cid permanece en Valencia por temor a perder la ciudad recién conquistada.

En Bronchales quedan algunos restos de su pasado histórico en algunos caserones con dinteles de piedra, e incluso, con su escudo de armas.

 

II. EL FRAILE Y LA MONJA

Viniendo a Bronchales desde Noguera, al lado de la carretera que sube a Fuentecillas, El Canto y el Puerto, se yerguen dos caprichosas rocas con formas casi humanas. Desde el lugar que ocupan, como mirador privilegiado, comienza a avistarse el pueblo en toda su magnificencia. El viajero que llega desde Noguera o desde el Puerto recibe tan agradable sorpresa al contemplar Bronchales, que, sin duda, esto dio lugar en otros tiempos a una cancioncilla popular basada en la leyenda sobre el origen de estas dos piedras, llamadas desde entonces "el fraile y la monja". 

Es sabido que en las órdenes mendicantes una de la formas de alimentar a los miembros de una comunidad religiosa era mediante la petición de limosna de puerta en puerta y de pueblo en pueblo. Este menester se hacía preferiblemente de dos en dos. No era habitual que lo hicieran una fraile y una monja, pero entra ya dentro de la leyenda. Este pudo ser el motivo de la visita de los dos peregrinos que se dirigían a Bronchales por primera vez.

Dice la leyenda y la canción popular que explica el origen de estas piedras a la entrada del pueblo: 

"Un fraile y una monja / venían de Noguera / y al contemplar Bronchales / se quedaron de piedra".

Pincha para verla en grande

III. LA CUEVA DEL DRAGÓN

Junto a la fuente del Hierro, que se halla a espaldas del cementerio de Santa Bárbara, antes castillo y fortaleza, hay todavía una cueva de pequeñas dimensiones en una zona rocosa, que guarda celosamente la leyenda del dragón.

Hace muchos años, un enorme dragón moraba en esta cueva, causando verdadero pavor entre los habitantes de Bronchales, pues se alimentaba no solamente del ganado que robaba a los pastores sino que muchas veces eran las gentes quienes servían de festín para el temible monstruo. Era un dragón con una larga y potente cola capaz de derribar a más de una docena de hombres armados, el cuerpo cubierto de escamas, y una enorme cabeza. Con su boca era capaz de partir en dos una res o una persona y de devorarlos en un instante. Nadie, excepto algún incauto, osaba acercase al lugar, sino que se limitaba a observar desde las rocas y las almenas del castillo.

Con el fin de que el dragón dejara en paz los ganados, acordaron los habitantes suministrar algún alimento a la fiera, dejando animales cerca de la gruta para satisfacer sus necesidades. Durante un tiempo el dragón pareció contentarse con este pacto de no agresión y la paz volvió a reinar en la zona. El monstruo consumía cuanto dejaban a su alcance sin causar daño a personas ni ganados. Pero llegaron las primeras nieves, empezaron a escasear los pastos y los ganados permanecían muchos días cerrados en los corrales y parideras.

Poco a poco empezaron las quejas de los habitantes de Bronchales; nadie estaba dispuesto a seguir alimentando al monstruo mientras muchos pasaban hambre. El dragón tampoco estaba dispuesto a verse privado de su ración diaria e inmediatamente volvió a saquear los alrededores con sus sangrientos ataques. La nueva amenaza llegó a tal punto que se propuso la fortificación del poblado; pero pronto desistieron del intento al darse cuenta que de poco o nada serviría una muralla ante un ataque del enfurecido y hambriento dragón.

Los aterrados habitantes de Bronchales pidieron ayuda a sus vecinos de Orihuela. En las fragua o herrería de Orihuela comenzó una inusitada actividad. La forja de rejas para palacios y casas señoriales dejó paso a la forja de armas. También las pequeñas herrerías de Bronchales se sumaron a este quehacer. Pasadas unas semanas de febril e intenso trabajo, el pueblo estaba armado hasta los dientes con lanzas, espadas, hondas de pastor, hachas y cuantos utensilios creían útiles para plantar cara al temible monstruo. Los más valientes arengaron a los demás y trataron de instruirles en el manejo de las armas, no así del hacha, pues siendo leñadores muchos de ellos, eran muy diestros en su manejo. Trazado el plan, se aprestaron al primer ataque contra el dragón.

Estaba amaneciendo. Varios vigías estaban colocados en lugares estratégicos mientras el resto de los habitantes de Bronchales, con algunos refuerzos de sus vecinos de Orihuela, permanecían agazapados a la espera de la señal convenida. En cuanto el dragón diera señales de intentar salir de su cueva en busca de comida, el grupo armado caería sobré él y le daría muerte. Encaramado a una roca sobre la cueva, uno de los vigías percibió los primeros síntomas de actividad del dragón. Un silbido rasgó el aire frío de la mañana, era la señal convenida.  Los primeros brillos del sol arrancaron destellos a los armas que blandían los habitantes de Bronchales. Todos abandonaron sus escondites y agitando las armas fueron acercándose a la cueva, animándose mutuamente al grito de ¡muerte al dragón! El enorme griterío pareció enfurecer al dragón más que de costumbre. Cuando asomó su enorme cabeza desafiante, se hizo un silencio repentino y quedó paralizado el avance de la tropa. Uno de los valientes, agitando la espada, ordenó el ataque definitivo al grito de ¡muerte al asesino! ¡muerte al dragón! Un enjambre de piedras cayó sobre la cabeza del monstruo, que retrocedió refugiándose en su madriguera. Esto animó a los improvisados soldados a acercarse más a la guarida del dragón con el fin de completar su hazaña. Cuando los primeros llegaron a la boca de la cueva, oscura cual boca de dragón hambriento, nada divisaron. Hubo un momento de duda antes de lanzar el que pensaban que sería el definitivo ataque. Pero la súbita aparición del dragón no les dio tiempo a reaccionar. El monstruo barrió la avanzadilla con misma facilidad con que dispersaba un ganado de indefensas ovejas. Su enorme cola empezó a trazar rápidos movimientos en zig zag haciendo saltar por los aires armas y soldados; mientras, sus afilados dientes comenzaron a devorar a los más cercanos. Algunos llegaron a herir al monstruo con sus espadas y sus lanzas. Hubo quien le asestó un tremendo hachado cortándole parte de una temible garra. El enfurecido animal tardó escasos momentos en sembrar el pánico en el diezmado grupo de valientes, que terminó por batirse en retirada.

Hubo de pasar el tiempo antes de intentar un nuevo ataque. Esta vez, después de consultar a un anciano ermitaño que vivía en el bosque, que les convenció del efecto purificador del fuego, decidieron perpetrar el ataque de noche. Amparados por las sombras y la oscuridad, un pequeño grupo de hombres se acercó a la cueva y empezó a amontonar leña en la misma abertura de la boca en silencio y sigilosamente, temerosos de que el dragón pudiera sorprenderlos de nuevo antes de completar su plan. Cuando el montón de leña hubo cubierto la entrada  a la cueva, no contentos todavía, continuaron acarreando más y más leña como si de la cantidad dependiera el éxito de su misión. Con el mismo sigilo con que unos continuaban amontonando leña, otros fueron prendiendo fuego a derecha e izquierda. Una gigantesca pira comenzó a iluminar las enormes rocas, los chopos y el pequeño valle de la fuente del Hierro. Todos se alejaron lo suficiente para quedar a salvo de las iras del monstruo enfurecido por las llamas. La hoguera continuó ardiendo durante horas sin que el dragón diera señales de vida.

Durante tres noches, como si de un exorcismo se tratara, se repitió la hoguera. Vigías apostados en lugares estratégicos durante varios días sólo pudieron testificar que nada anormal había sucedido en ese tiempo. La calma fue volviendo a Bronchales y poco a poco la gente fue volviendo a sus quehaceres sin temor. Desde entonces, nadie ha vuelto a ver al dragón ni en su cueva ni fuera de ella. Los lugareños aseguran que la cueva de la fuente del Hierro tiene otra boca en Orihuela, donde está ubicada la herrería más famosa de la zona, y que el dragón espera aletargado en ese largo refugio de siete kilómetros la hora de su venganza. Otros aseguran que murió asfixiado en la cueva  y que las peñas que ahora se conservan en ese mismo lugar son la gigantesco espina dorsal del temible dragón que quedó sepultado. Hay, incluso, quien afirma que el agua de la fuente comenzó entonces a brotar con amargo sabor a hierro y no es otra cosa que la propia sangre del dragón que todavía está agonizando.

Pincha para verla en grande

IV. LOS MAYOS

Es costumbre en toda la sierra de Albarracín "cantar los Mayos". También esta costumbre arraigó en Bronchales y, antes de comenzar el mes de mayo, en la noche del día 1, los mozos rondan (o roldan, como dicen en el pueblo) a las mozas cantando coplillas al son de guitarras y laúdes. Las coplas se refieren tanto a la bonanza del tiempo que llega con el mes como a los amores y desamores particulares. 

La ronda recorre las calles del pueblo cantando bajo los balcones y ventanas de todas las mozas, que tímidamente escuchan tras los visillos los requiebros amorosos de sus enamorados galanes. Terminada la copla, la ronda (o el enamorado mozo) espera respuesta de su amada, que unas veces se traduce en una súbita aparición o saludo desde la ventano o balcón, otras en invitación a una copa a aguardiente y, en algunos casos, a un jarro de agua fría lanzado con desprecio desde la ventana.

A cada moza, por sorteo, se le asignaba un "mayo" (chico) y se le comunicaba cantando:

"María (o nombre de la chica) querrá saber / el mayo que le ha salido / de nombre se llama Pedro (se decía el nombre) / y Martínez (u otro) de apellido".

A esta copla seguían otras hasta completar el elenco de mozas del pueblo.

Esta costumbre, como otras muchas tradiciones populares, se ha perdido en los últimos años.

    

V. EL TÍO GORDO DE NOGUERA     

      www.torla.sendanet.es/sastre/HA/HA102/HA102.htm